En septiembre de 2025, el avión en el que viajaba Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, tuvo que aterrizar con mapas de papel. Las señales de GPS de la zona estaban bloqueadas, una interferencia que se atribuyó a Rusia. No fue un caso aislado: en Europa del Este y en el entorno del mar Báltico, las interferencias al GPS se habían vuelto algo rutinario.
La anécdota retrata un problema que los militares conocen desde hace años. Casi todo lo que se mueve confía en unas señales que llegan del espacio, y esas señales se pueden anular o falsificar desde tierra. La pregunta del vídeo es sencilla: si no puedes fiarte del cielo, ¿cómo sabes dónde estás? Y la respuesta que está ganando terreno pasa por la física cuántica.
Por qué el GPS es tan frágil
Las señales de GPS llegan a la superficie extremadamente débiles, así que cualquier ruido local las tapa. Hay dos formas de atacarlas: el jamming, que las anula con un emisor relativamente sencillo, y el spoofing, que las falsifica para que el receptor crea que está en otro sitio. Lo segundo es más sofisticado y más peligroso, porque el avión no sabe que se ha perdido. El almirante Christopher Grady, vicejefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, lo resumía así: «si dependemos únicamente de PNT basado en GPS, podríamos meternos en problemas» (PNT son las siglas de posicionamiento, navegación y tiempo), y señalaba la necesidad de operar en entornos saturados de guerra electrónica, «como vemos en Ucrania».
El plan B clásico es la navegación inercial, el INS: acelerómetros y giroscopios que miden cada cambio de velocidad y de orientación del vehículo y van calculando la posición sin ninguna señal externa. El problema es la deriva. Cada medida tiene un error minúsculo, y esos errores se suman. Un INS de alta gama puede desviarse varios cientos de metros en unas horas, y al final hay que recalibrarlo con GPS. Para un submarino que pasa mucho tiempo sumergido o un misil que atraviesa una zona de guerra electrónica, eso es inaceptable.
Átomos que se comportan como ondas
Aquí entra la mecánica cuántica. Un sensor cuántico de navegación cambia las masas y los muelles de un acelerómetro mecánico por átomos ultrafríos y láseres. Se atrapa una nube de átomos, por ejemplo de rubidio, dentro de una cámara de vacío y se enfría con láser casi hasta el cero absoluto. A esa temperatura los átomos dejan de portarse como bolitas y se comportan como ondas de materia. Unos pulsos de láser separan esas ondas y las vuelven a juntar; si el sensor se ha movido entre medias, el patrón de interferencia cambia. Midiendo ese patrón se calcula el movimiento con una sensibilidad muy superior a la de cualquier pieza mecánica.
La idea no es nueva. En 2018, el Reino Unido demostró una «brújula cuántica» que seguía el movimiento sin GPS usando átomos enfriados por láser. Y en 2022, en Francia, un acelerómetro cuántico en 3D del tamaño de una caja de zapatos se desvió solo 20 metros tras varias horas, frente al kilómetro que se desvió un INS convencional: unas 50 veces más preciso.
Y aquí viene lo bueno: estos sensores no solo miden movimiento. La intensidad del campo magnético y de la gravedad de la Tierra varía de un punto a otro. Un sensor lo bastante fino detecta esas variaciones minúsculas y las compara con un mapa geofísico precargado para deducir dónde está, igual que un excursionista que se orienta por el relieve. Airbus explora la navegación basada en el magnetismo, y Q-CTRL combina medidas de gravedad y de campo magnético. Lo interesante es que todo es pasivo: el vehículo no emite nada, así que no delata su posición, y no hay señal externa que bloquear o falsificar.
La apuesta de DARPA y el récord de Ironstone Opal
El gran obstáculo siempre fue el mismo: estos experimentos viven en laboratorios, rodeados de aislamiento contra vibraciones y campos magnéticos. Para sacarlos de ahí, DARPA lanzó el programa RoQS (Robust Quantum Sensors), centrado en hacer sensores robustos y compactos que aguanten vibraciones, aceleraciones de varios g y cambios de temperatura. En su primera fase seleccionó, entre otras, a Q-CTRL (Australia) y a Safran Federal Systems (Estados Unidos). En agosto de 2025, DARPA adjudicó a Q-CTRL dos contratos por un total de 24,4 millones de dólares (unos 38 millones de dólares australianos).
Q-CTRL, fundada por Michael J. Biercuk, antiguo profesor de física de la Universidad de Sídney, es una empresa de software de control cuántico, y eso marca su enfoque. En lugar de blindar el hardware, usa algoritmos de IA que ajustan en tiempo real los parámetros del sensor, como las secuencias de pulsos láser, para contrarrestar las vibraciones del motor, las maniobras bruscas o las fluctuaciones del entorno. Lo llaman sensores «reforzados por software», y gracias a eso funcionan sin las voluminosas monturas antivibración que necesita un experimento cuántico de laboratorio. Lockheed Martin participa como socio para integrarlos con los sistemas inerciales que ya llevan los aviones: en marzo de 2025 ambas empresas ya habían conseguido un contrato de la DIU, la unidad de innovación del Departamento de Defensa, para prototipar un INS cuántico para aviación.
El sistema de Q-CTRL se llama Ironstone Opal. En vuelos de prueba en Australia, con el GPS desconectado, mantuvo la posición con 111 veces más exactitud que un INS de alta gama, un récord mundial según la propia compañía. La empresa habla de una incertidumbre de posición por debajo del 0,03 % tras horas de vuelo continuo, y la validación incluyó también pruebas en el mar a bordo del MV Sycamore, de la Armada australiana. Ironstone Opal cabe en un rack estándar de 12U, consume menos de 100 vatios y se puede acoplar a la aviónica existente como respaldo para cuando falle el GPS. Según Q-CTRL, el 70 % de los pilotos dice estar muy preocupado por los episodios de pérdida de GPS.
Lo que falta
Toca ser realistas. Es tecnología que acaba de salir del laboratorio: necesita láseres de precisión y cámaras de vacío, sigue siendo cara y, aunque el software compensa mucho, hay un límite de castigo físico que aguanta antes de degradarse. Además, la navegación por campos magnéticos y gravitatorios depende de mapas de alta resolución que no existen para todo el planeta. Por eso, a corto plazo, el papel de estos sistemas es complementar al GPS, no sustituirlo; mientras tanto, los organismos de defensa y emergencias también estudian respaldos en tierra como eLORAN o las señales de telefonía.
Lo civil ya asoma. Jonathan Stock, científico jefe de innovación en el NASA Ames, explicaba que la doble función de Ironstone Opal, que mapea los campos gravitatorio y magnético mientras da una localización precisa, ha atraído el interés de la NASA y del Servicio Geológico de Estados Unidos. Medir desde un vehículo en marcha los pequeños cambios de gravedad que provocan las distintas densidades del subsuelo sirve para buscar depósitos minerales sin montar grandes equipos fijos.
Lo que más me gusta de esta historia es la vuelta que da. Empezamos orientándonos por las estrellas, pasamos a depender de satélites y ahora volvemos a algo autónomo, que no necesita a nadie ahí arriba, con una precisión que habría parecido magia hace poco. Y todo se apoya en décadas de física fundamental que mucha gente habría tachado de inútil: gente enfriando átomos a temperaturas imposibles sin ninguna aplicación a la vista. Resulta que una de las primeras cosas transformadoras que nos dan los sensores cuánticos es algo tan básico como no perdernos.
De dónde sale esto
- DARPA awards Q-CTRL $24.4M for quantum navigation technology (IoT World Today)
- Pentagon GPS alternatives not in space (Air & Space Forces Magazine)
- DARPA awards Q-CTRL $24.4M to build quantum navigation sensors for defence (Quantum Zeitgeist)
- Q-CTRL: Ironstone Opal y comunicados de la compañía
- Xataka, sobre el funcionamiento de los sensores de átomos fríos y la brújula cuántica británica de 2018
- KW Foundation, sobre la deriva de los INS y el acelerómetro cuántico francés de 2022
- Safran, sobre su selección en la fase 1 de RoQS