En 1945, John von Neumann escribió un borrador de 101 páginas sobre cómo debía funcionar un ordenador: un procesador por un lado, una memoria por otro y un cable en medio para pasarse los datos. Ochenta años después, ese plano sigue debajo de casi todo lo que calcula, del móvil a los clústeres de GPUs que mueven a ChatGPT, Gemini o Claude.
El problema es lo que cuesta mantenerlo. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron 415 teravatios-hora en 2024, y su proyección para 2026 era de 1.100, más o menos lo que gasta Japón. Mientras tanto, el cerebro con el que estáis leyendo esto lo hace todo con unos 20 vatios. Si la biología lo resuelve con la energía de una bombilla, ¿qué estamos haciendo con el silicio?
De esa pregunta nace la computación neuromórfica: chips que copian principios físicos del cerebro. En abril de 2024 Intel instaló en Sandia National Laboratories, en Nuevo México, un sistema del tamaño de un microondas con 1.150 millones de neuronas artificiales. En el vídeo os enseñé cómo es eso por dentro; aquí os lo cuento por escrito.
El cuello de botella está en el cable
Los procesadores se volvieron rapidísimos y la memoria no tanto. Es el memory wall: el procesador calcula en nanosegundos, traer un dato de la DRAM puede tardar cientos, y mientras tanto espera. Peor aún es la energía: mover un dato desde la memoria puede costar cientos de veces más que la operación que se hace con él, porque cada línea de cobre se comporta como un condensador que hay que cargar y descargar con cada bit, y cuanto más larga, más gasta. En la IA, donde cada respuesta obliga a pasear miles de millones de pesos del almacén al procesador, ahí se va buena parte de la factura.
Y la factura ya se nota. En Virginia, los centros de datos consumen el 26 % de la electricidad del estado; en Irlanda, el 21 % del consumo nacional, con previsiones del 32 % para 2026. Carnegie Mellon estima que, por su culpa, la factura media de la luz en Estados Unidos subirá un 8 % para 2030. Una consulta típica a GPT-4o gasta unos 0,3 vatios-hora según Epoch AI, y para una consulta compleja a GPT-5 la Universidad de Rhode Island estima hasta 40.
Lo que el cerebro hace de otra manera
El cerebro tiene unos 86.000 millones de neuronas (no los 100.000 millones de toda la vida; el recuento es de Azevedo y su equipo, 2009) y del orden de cien billones de sinapsis. Pero el dato clave es el silencio: en cada momento solo está activo entre el 1 y el 5 % de las neuronas. Cada una acumula las señales de sus vecinas y solo dispara cuando tiene algo que decir. Y la memoria y el cálculo están en el mismo sitio: las sinapsis, que guardan lo aprendido, están pegadas a las neuronas que las usan. Tiene sentido, porque incluso ahí comunicar es lo caro: en la corteza consume 35 veces más energía que calcular, según un trabajo publicado en PNAS en 2021.
En los años ochenta, Carver Mead, profesor de Caltech y colaborador de Gordon Moore en la formulación de la ley que lleva su nombre, vio que los transistores CMOS a muy baja corriente se comportaban de forma parecida a las neuronas. Donde otros veían ruido parásito, él vio una herramienta, en una Caltech por la que circulaban las ideas de Richard Feynman sobre computación física y las redes de John Hopfield, Nobel de Física en 2024. En 1989 publicó Analog VLSI and Neural Systems, el libro fundacional del campo, y su doctoranda Misha Mahowald construyó entre 1989 y 1992 la primera retina de silicio, que procesaba la imagen en el propio sensor sin mandar datos a ningún procesador central. Su tesis ganó en 1992 el Premio Clauser, el máximo galardón doctoral de Caltech. Llegaron demasiado pronto.
Dentro del chip: talleres y telegramas
TrueNorth, el chip de IBM de 2014, es un cuadrado de unos 430 milímetros cuadrados con 5.400 millones de transistores, dividido en una cuadrícula de 64 por 64: 4.096 núcleos. En el centro de cada uno hay una crossbar, una rejilla de 256 cables horizontales cruzados con 256 verticales, y cada cruce es una sinapsis guardada en una celda SRAM de seis transistores, a micrómetros del circuito que la usa. Una GPU se parece a una nave con miles de operarios y el almacén en otro edificio, unidos por camiones que no paran aunque lleven ceros; esto se parece más a un barrio de talleres con el almacén dentro, que solo encienden la luz cuando les llega un pedido.
Los talleres se hablan con spikes, pulsos que ocurren o no ocurren. Las neuronas siguen el modelo leaky integrate-and-fire, «integrar con fuga y disparar», que se entiende con un vaso con un agujerito: las señales son gotas que lo llenan y el agujero lo vacía. Si llegan despacio, el vaso nunca rebosa y la neurona calla; si llegan suficientes y rápido, rebosa y dispara. El disparo viaja como un telegrama, un paquete de 64 bits como mucho con la dirección del núcleo de destino, por una red asíncrona sin reloj global. Solo se despiertan los enrutadores del camino.
Y aquí viene lo bueno, porque el ahorro sale de una fórmula de toda la vida: la potencia dinámica de un circuito digital es P = α·C·V²·f, donde α es la fracción del tiempo en que los transistores conmutan. Una GPU marcha a uno o dos gigahercios y conmuta sí o sí; una neurona callada tiene α casi cero. Por eso Loihi 2, de Intel, ronda los 0,26 picojulios por operación sináptica, mientras que una GPU, contando el viaje de los pesos desde la memoria HBM, puede gastar entre cien y mil veces más por operación equivalente. Encima, chips como Loihi aprenden mientras funcionan con la regla STDP: si la neurona A dispara justo antes que la B, la conexión entre ambas se refuerza sola.
De la pizarra a Sandia
TrueNorth puso el primer hito: un millón de neuronas en un chip de Samsung a 28 nanómetros, con unos 70 milivatios en carga. Intel llegó en 2017 con Loihi y en 2021 con Loihi 2: 128 núcleos, un millón de neuronas, pulsos graduados de hasta 32 bits y diez veces más velocidad. En 2023, NorthPole, de IBM, que no usa pulsos (no es neuromórfico en sentido estricto) pero no tiene memoria fuera del chip, resultó 25 veces más eficiente que una GPU del mismo nodo de 12 nanómetros con ResNet50. Y en abril de 2024, Hala Point: 1.152 chips Loihi 2 en un chasis de 6U, 1.150 millones de neuronas, 128.000 millones de sinapsis y 2.600 vatios. Intel afirma que sus sistemas Loihi resuelven ciertos problemas de inferencia y optimización con cien veces menos energía que CPUs y GPUs convencionales.
Fuera del laboratorio, BMW ha probado Loihi 2 para reconocer señales de tráfico y Lockheed Martin para drones de misiones largas. La holandesa Innatera lanzó en 2025 Pulsar, un microcontrolador neuromórfico de menos de 5 dólares en volumen que, según la empresa, consume 500 veces menos que los procesadores de IA convencionales. Pero falta camino. Los pulsos no son derivables, así que el entrenamiento clásico por backpropagation no se aplica directamente; con gradientes sustitutos, las redes de pulsos casi igualan a las convencionales en CIFAR-10, pero siguen por detrás en ImageNet. Hoy son un coprocesador muy bueno para inferencia de baja latencia y dispositivos pequeños, no un sustituto de las GPUs para entrenar modelos gigantes.
Volvamos al borrador de Von Neumann. La solución al problema del cable ya funcionaba dentro de nuestras cabezas antes de que nadie lo escribiera. Estos chips copian algunos de sus principios (la integración con fuga, los pulsos, la plasticidad) y dejan fuera muchos otros, de las dendritas a la dopamina o la glía, y la neurociencia aún no sabe si esos detalles importan para que surja algo parecido a la inteligencia. El funcionalismo dice que basta con el patrón; la teoría de la información integrada de Giulio Tononi sostiene que el silicio nunca tendrá la integración causal necesaria para la consciencia; y el problema difícil que David Chalmers planteó en 1995 sigue ahí, con o sin Hala Point.
A mí me tiene dándole vueltas otra pregunta: qué pasa el día en que la diferencia entre emular y ser deje de poder medirse. La computación neuromórfica nació para arreglar un problema de fontanería energética, y puede acabar llevándonos, sin proponérselo, a la pregunta más antigua de la filosofía.
De dónde sale esto
- Intel Newsroom: «Intel Builds World's Largest Neuromorphic System to Enable More Sustainable AI» (2024)
- Intel: «Neuromorphic Computing with Loihi 2», Technology Brief
- IEEE Spectrum: «How IBM Got Brainlike Efficiency From the TrueNorth Chip» · Open Neuromorphic: TrueNorth Deep Dive
- «Neural inference at the frontier of energy, space, and time», Science (2023)
- Nature Electronics: «Computing on the brain» (Carver Mead) · Caltech News: premio a Carver Mead
- Nobel de Física 2024, comunicado oficial
- Azevedo et al., «Equal numbers of neuronal and nonneuronal cells make the human brain an isometrically scaled-up primate brain», Journal of Comparative Neurology (2009)
- Levy y Calvert, «Communication consumes 35 times more energy than computation in the human cortex», PNAS (2021)
- Mark Horowitz, «Computing's energy problem», ISSCC (2014)
- IEA: «Energy and AI», demanda de energía de la IA · Epoch AI: «How much energy does ChatGPT use?»
- Carnegie Mellon: el crecimiento de los centros de datos y la factura eléctrica
- JLARC, «Data Centers in Virginia» (2024) · CSO de Irlanda, consumo eléctrico de los centros de datos (2023)
- Innatera, nota de prensa de lanzamiento de Pulsar (mayo de 2025)